¿Cómo pintar lo invisible?

 

Hay personas a las que no conocemos, pero con las que sentimos una cercanía profunda. Mi tatarabuelo es, para mí, una de ellas. Nos encontramos en sus pinturas y en sus libros. En sus ocho publicaciones, porque cuando ya no pudo pintar por la pérdida de su visión, sus experiencias fueron escritas por quienes lo acompañaron.

 

Me cuenta que el arte nace del coloquio prolongado con el mundo, que el paisaje es un estado del alma y que la imitación de la naturaleza, aun cuando alcanza visos de perfección, no es el camino más seguro para la obra de arte. No se trata solo de mirar y copiar lo que vemos, sino de afinar todos los sentidos. Crear es interpretar lo que algo despierta en nosotros. 

 

La flor que pinto no es la que ve, no es la flor de la botánica. Esa flor ya fue creada por la Naturaleza. La flor que pinto es lo que siento al pintarla.

Los paisajes no se pintan. Los paisajes, las flores, nos enseñan.

Entonces, pintemos lo invisible.

 

Me permito copiar una cita, porque esta cita es un bálsamo; es el bálsamo de alguien que supo ver más allá de la ceguera: “Es interesante sacar provecho de esta circunstancia para explicar cosas que, en la normal actividad del hombre dedicado a la pintura, pueden escapar a su más profunda observación. Cosas que se esconden en las celdas de la mente y palpitan en el corazón”. D. Pronsato, Patagonia: proa del mundo, 1948.